domingo, mayo 26, 2024
InicioCreenciaEL SUFISMO Y SUS ORÍGENES

EL SUFISMO Y SUS ORÍGENES

El sufismo (tasawwuf) es el camino que siguen los sufíes para llegar a la Verdad, a Dios. Mientras el sufismo expresa el aspecto filosófico o teórico de esta búsqueda, la forma más normal de referirse a su aspecto práctico es mediante la frase “ser un derviche”.

¿Qué es el sufismo?

El sufismo ha sido definido de muchas formas. Para algunos consiste en la disolución en el mismo Dios del “yo” del individuo, de su voluntad y de su sentido de identidad, y la consiguiente revitalización espiritual con la luz de Su Esencia. El resultado de esta transformación es que la voluntad del individuo queda bajo la dirección de Dios y actúa entonces según Su Voluntad. Para otros, se trata del esfuerzo continuo para purificar el “yo” de todo aquello que es malo o impuro, y así poder alcanzar la virtud.

La definición de Yunaid al-Bagdadi, un maestro sufí muy conocido, nos sugiere que el sufismo es una forma de “aniquilación del ‘yo’ en Dios”, y de “permanencia o subsistencia con Dios”. Shibli lo resume diciendo que consiste en estar siempre con Dios o en Su Presencia sin considerar ninguna otra cosa, ya sea de este mundo o del Otro. Abu Muhammad Yarir describe el sufismo como un resistir las tentaciones del “yo carnal que ordena el mal” (‘an-nafs al-ammara), y de las malas cualidades, para poder así adquirir las cualidades morales más encomiables.

Hay algunos que describen el sufismo como la capacidad de ver más allá de lo “exterior”, de la apariencia superficial de las cosas y de los acontecimientos, además de interpretar que todo aquello que ocurre en este mundo está vinculado a Dios. Esto significa que la persona considera cada acto de Dios como una ventana a través de la cual se puede “ver” a Dios, razón por la cual vive su vida en un esfuerzo continuo para “verle” de manera profunda y espiritual, indescriptible en términos físicos, y con la consciencia profunda de ser siempre vista por Él.

Todas estas definiciones pueden resumirse de la siguiente manera: el sufismo es el camino que sigue aquel individuo que, una vez que haya podido liberarse de los vicios y debilidades humanas y haya obtenido las cualidades angélicas y la conducta que complacen a Dios, conforma su vida según las exigencias del conocimiento y del amor de Dios, disfrutando de los deleites espirituales que resultan de ello.

El sufismo se basa en el acatamiento de las reglas, incluso más “triviales”, de la Shari’a hasta alcanzar su significado interno. Un iniciado o viajero del camino (salik) jamás disocia el acatamiento externo de la Shari’a de su dimensión interna, logrando así respetar todas las exigencias de las dimensiones externas e internas del islam. Al hacerlo, el viajero avanza hacia la meta con humildad y sumisión absolutas.

El sufismo, ese camino exigente que lleva al conocimiento de Dios, no deja espacio alguno a la negligencia ni a la frivolidad. Exige que el iniciado se esfuerce de manera continua, –como la abeja que va de la colmena a las flores y desde éstas de nuevo a la colmena– para adquirir este conocimiento. El iniciado tiene que purificar su corazón de todas las demás vinculaciones; tiene que resistir las tentaciones del cuerpo, sus deseos y apetitos; y tiene que vivir de manera tal que refleje el conocimiento con el que Dios ha revitalizado e iluminado su corazón, siempre dispuesto a recibir la bendición e inspiración divinas; y debe observar de forma estricta el ejemplo del Profeta Muhammad, la paz y las bendiciones sean con él. Convencido de que el apego y la vinculación a Dios son el mérito y el honor mayores, el iniciado debe renunciar a sus deseos en favor de las exigencias de Dios, la Verdad Absoluta.

Tras estas definiciones preliminares, pasaremos ahora a comentar el objetivo, los beneficios y los principios del sufismo.

El sufismo exige el cumplimiento estricto de todas las obligaciones religiosas, una forma de vida austera y la renuncia a los deseos carnales. Gracias a este método de ascética espiritual, el corazón del individuo se purifica y sus sentidos y capacidades se utilizan en el nombre de Dios; esto significa que el viajero puede entonces comenzar a vivir en una dimensión espiritual.

El sufismo permite también que, mediante la adoración constante de Dios, las personas incrementen la consciencia de ser Sus fieles devotos. Con la renuncia a este mundo material y transitorio, con todas las emociones y deseos que suscita, se despierta a la realidad del Otro Mundo, que está orientado hacia los Más Bellos y Divinos Nombres de Dios. El sufismo permite que los individuos desarrollen la dimensión moral de la existencia personal y les facilita la obtención de una convicción fuerte, sincera y asentada en la propia experiencia, de los artículos de fe que antes aceptaban de forma meramente superficial.

Los principios del sufismo pueden ser enumerados de la siguiente manera:

Alcanzar la creencia verdadera en la Unidad absoluta de Dios y vivir según sus exigencias.

La observación del Discurso Divino (el Corán), distinguiendo y luego obedeciendo, los mandatos del Poder y de la Voluntad Divinos que están relacionados con el universo (las leyes de la creación y de la vida).

Rebosar de Amor Divino y empatizar con todos los demás seres, siendo conscientes, como algo que emana del Amor Divino, de que el mundo es la cuna de la hermandad.

Dar preferencia o precedencia al bienestar y felicidad de los demás.

Actuar conforme a las exigencias de la Voluntad Divina –no según nuestra propia voluntad– y vivir de una manera que exprese nuestra aniquilación y subsistencia en Dios.

Estar abierto al amor, al anhelo espiritual, al deleite y al éxtasis.

Ser capaz de discernir lo que hay en los corazones y mentes de los demás a través de sus expresiones faciales de los misterios Divinos internos y de los significados de los acontecimientos superficiales.

Visitar lugares espirituales y asociarse con aquellas personas que exhortan a evitar el pecado y a esforzarse en el nombre de Dios.

Estar satisfecho con los placeres permitidos por la religión y no dar un sólo paso hacia lo que no está permitido.

Combatir sin descanso las ambiciones e ilusiones mundanas que nos llevan a creer que este mundo es eterno.

No olvidar jamás que la salvación sólo es posible con la certeza o convicción de la verdad de las creencias religiosas, junto con la rectitud de conducta, sinceridad, pureza de intención, y con el deseo de complacer exclusivamente a Dios.

Hay otros dos elementos que se pueden añadir a lo dicho hasta ahora: la obtención del conocimiento y la comprensión de las ciencias religiosas y gnósticas, y seguir la guía de un maestro espiritual perfecto. Ambos tienen una importancia destacada en la orden sufí Naqshbandiyah. 

Puede ser de utilidad hablar sobre el sufismo basándose en los conceptos básicos que se exponen a continuación y que con bastante frecuencia constituyen el tema central de los libros que tratan sobre el buen carácter, la conducta y el ascetismo; estos últimos se consideran los lugares donde reside la “Haqiqat Ahmadiya” (“La Verdad de Muhammad en cuanto Ahmad” en el corazón de la persona. Pueden también considerarse como las luces con las que conocer y seguir el camino espiritual que conduce a Dios.

El primero y más importante de estos conceptos es la vigilia (yaqaza), que aparece mencionada en el dicho del Profeta (hadiz): “Mis ojos duermen, pero mi corazón está despierto” y en el dicho de ‘Ali, el cuarto Califa: “Los hombres están dormidos. Sólo cuando mueren despiertan”. La gran cantidad de etapas diferentes que jalonan este camino serán comentadas a lo largo de este libro con un cierto detalle.

Los orígenes del sufismo

Tal y como nos dicen las ciencias islámicas, los preceptos religiosos no se redactaron durante los primeros tiempos del islam, sino que fueron la práctica y la transmisión oral de los mandatos relacionados con la creencia, la adoración y la vida cotidiana, los que hicieron que la gente los memorizase. Esto facilitó que, más adelante, se compilara todo ello en libros puesto que lo único que había que hacer era escribir aquello que ya había sido memorizado y practicado. Y como los preceptos religiosos eran cuestiones fundamentales en la vida individual y colectiva de todo musulmán, los eruditos dieron prioridad a estos libros y a las compilaciones. Los especialistas en temas legales recopilaron y catalogaron libros sobre la ley islámica y sus normas, y sobre los principios aplicables a todos los ámbitos de la vida. Los tradicionistas establecieron los dichos del Profeta (hadices) y su forma de vida (Sunna), y los reunieron en libros. Los teólogos se ocuparon de las cuestiones relacionadas con la creencia musulmana. Los intérpretes del Corán se especializaron en el estudio de sus significados, incluyendo aquellas cuestiones que luego se denominarían “ciencias coránicas” tales como “nasj” (abrogación de un mandato), “inzal” (el descenso que ordenó Dios de todo el Corán en una sola vez), “tanzil” (el descenso del Corán por partes y en ocasiones diferentes), “qira’at” (la recitación coránica), “ta’wil” (exégesis), y otras más. Gracias a estos esfuerzos, que son universalmente reconocidos en el mundo musulmán, las verdades y principios del islam han sido establecidos de tal manera que no hay duda alguna sobre su autenticidad.

Mientras una parte de los eruditos se dedicaba a estas actividades “externas”, los maestros sufíes se concentraban principalmente en la dimensión espiritual más pura de la Verdad de Ahmad. Lo que pretendían era desvelar la esencia del ser del género humano, la naturaleza real de la existencia y la dinámica interna de la humanidad y del cosmos, concentrando su atención en la realidad de lo que subyace y se sitúa más allá de su dimensión externa. Complementando los comentarios coránicos, las narraciones de los tradicionistas y las conclusiones de los eruditos de la ley, los maestros sufíes elaboraron sus propios caminos mediante el ascetismo, la espiritualidad, y la auto-purificación; en resumen, mediante la práctica y experiencia de la religión. Y así fue cómo la vida espiritual islámica, basada en el ascetismo, la adoración constante, el abstenerse de las transgresiones mayores y menores, la sinceridad y pureza de intención, el amor y el anhelo, y el reconocimiento personal de la incapacidad y el desvalimiento, se convirtió en el tema fundamental del sufismo, una ciencia nueva que tenía su propio método, principios, reglas y terminología. Y a pesar de las diferencias que surgieron de forma gradual entre las diversas órdenes que se fueron estableciendo con el correr del tiempo, puede afirmarse que el núcleo principal de esta ciencia ha sido siempre la esencia de la Verdad de Ahmad.

Estos dos aspectos de una misma verdad –los mandatos de la Shari’a y el sufismo– han sido presentados a veces como excluyentes entre sí. Esto no deja de ser algo lamentable puesto que el sufismo es precisamente el espíritu de la Shari’a, que está hecho de austeridad, autocontrol y autocrítica, y que no es sino el esfuerzo continuo para resistir las tentaciones de Satán y del “yo carnal que ordena el mal”, con el fin de cumplir las obligaciones religiosas. Mientras que la observación de la primera se ha considerado como algo exotérico (autolimitarse a la dimensión externa del islam), seguir al segundo ha sido calificado de meramente esotérico. Aunque esta discriminación surge en cierta medida de considerar que los mandatos de la Shari’a están representados por los eruditos de la ley o “muftíes”, y los otros por los sufíes, debería entenderse que es, más bien, una consecuencia de la tendencia natural de los seres humanos a otorgar la primacía a una u otra forma, como la más propicia para la práctica individual.

Muchos eruditos de la ley, tradicionistas e intérpretes del Corán, siguiendo métodos que se remontan a la época del Profeta y de sus Compañeros, han compuesto libros importantes basados en el Corán y en la Sunna. Los sufíes también, siguiendo los mismos métodos, compilaron textos sobre la austeridad, sobre el esfuerzo espiritual en contra de los deseos de la carne y de las tentaciones, además de disertar sobre los estados y las estaciones espirituales. Registraron también sus propias experiencias espirituales de amor, pasión y éxtasis. El objetivo de esa literatura era atraer la atención de esas personas que, según pensaban los sufíes, habían restringido sus prácticas y reflexiones a la dimensión “externa” de la religión, y hacerles pensar en la dimensión “interna” de la vida religiosa.

Tanto los sufíes como los eruditos trataban de llegar a Dios mediante la observación de las obligaciones y prohibiciones divinas. En todo caso, algunas actitudes extremas –observadas en ambos bandos en determinadas ocasiones– fueron la causa de la controversia. En realidad, no se trataba de diferencias sustanciales, por lo que esos conflictos no deberían considerarse como tales, puesto que se limitaban a tratar sobre diferentes aspectos y elementos de la religión bajo enunciados también distintos. La tendencia de los especialistas en temas de jurisprudencia a ocuparse de las normas de la adoración y de la vida cotidiana y sobre cómo regular y disciplinar la vida individual y social, –en tanto que los sufíes intentan proporcionar una manera de vivir en un nivel espiritual más elevado mediante la purificación personal y la instrucción espiritual– no puede considerarse un desacuerdo.

Lo cierto es que el sufismo y la jurisprudencia son como las dos facultades de una universidad que pretende enseñar a sus estudiantes las dos dimensiones de la Shari’a y así capacitarles para que las practiquen en sus vidas cotidianas. Una facultad no podría sobrevivir sin la otra puesto que, mientras una enseña cómo rezar, conseguir la pureza ritual, ayunar, ser caritativo y cómo regular todos los aspectos de la vida cotidiana, la otra se concentra en lo que significan esas y otras acciones, en cómo conseguir que la adoración sea una parte indisoluble de la existencia personal y en cómo elevar al individuo hasta el rango del ser perfecto, universal (al-insanu’l-kamil), del auténtico ser humano. Esta es la razón por la que ninguna de estas dos disciplinas puede ser rechazada.

A pesar de que algunos autoproclamados sufíes han etiquetado a los eruditos religiosos de “eruditos de las ceremonias” y “exotéricos”, los sufíes reales y perfeccionados han dependido siempre de los principios básicos de la Shari’a y han basado sus pensamientos en el Corán y la Sunna, elaborando sus métodos a partir de estas fuentes básicas del islam. Al-Wasaya (“Los Consejos”) y ar-Ri’aya (“La Observación de las Reglas”) de Al-Muhasibi, At-Ta‘arruf li-Mazhabi Ahli’t-Tasawwuf (“Una Descripción del Camino de la Gente del Sufismo”) de Kalabazi, Al-Luma’ (“Los Destellos”) de At-Tusi, Qutu’l-Qulub (“El Alimento de los Corazones”) de Abu Talib al-Makki, y Ar-Risala (“El Tratado”) de Al-Qushayri, son algunas de las fuentes más preciadas que hablan del sufismo basado en el Corán y la Sunna. Algunas de estas fuentes enfatizan los temas del autocontrol y la autodisciplina, mientras que otras exponen una serie de temas que incumben a los sufíes.

Tras estos grandes recopiladores, vino Huyyatu’l-Islam Imam al-Ghazali, autor de Ihya’u ‘Ulumi’d-Din (“Revivificación de las Ciencias Religiosas”), su obra más conocida. Al-Ghazali hizo una revisión de todos los términos del sufismo, sus principios y reglas y, al establecer aquellos que eran reconocidos por todos los maestros sufíes y someter a crítica a los demás, unió lo externo (Shari’a y jurisprudencia) y las dimensiones internas (sufíes) del islam. Los maestros sufíes que vinieron tras él presentaron el sufismo como una de las ciencias religiosas, o como una dimensión más de las mismas, fomentando la unidad o el acuerdo entre ellos y los denominados “eruditos de las ceremonias”. Además de esto, los maestros sufíes lograron que varios de los temas sufíes, como los estados espirituales, la certeza o convicción, la sinceridad y la moralidad, formaran parte del plan de estudios de las madrasas (instituciones educativas de alto nivel para el estudio de las ciencias religiosas).

A pesar de que el sufismo se centra principalmente en el mundo interior del individuo y se ocupa del significado y el efecto de los mandatos religiosos en el espíritu y el corazón del ser humano, –siendo, por eso mismo, abstracto– no contradice ninguna de las formas islámicas basadas en el Corán y la Sunna. Lo cierto es que, tal y como ocurre con otras ciencias religiosas, el origen del sufismo es el Corán y la Sunna, además de las conclusiones que proceden de ambos mediante el iytihad (deducción, esfuerzo interpretativo) que han llevado a cabo los eruditos verificadores del período más temprano del islam. El sufismo hace hincapié en el conocimiento, en el conocimiento de Dios, en la certeza, en la sinceridad, en la bondad absoluta y en otras virtudes similares y fundamentales.

Definir al sufismo como “la ciencia de las verdades y misterios esotéricos” o como “la ciencia de los estados y estaciones espirituales del género humano”, o como “la ciencia de la iniciación”, no significa que sea esencialmente diferente del resto de las ciencias religiosas. Estas definiciones son el resultado de las experiencias, basadas en la Shari’a, de individuos de diferentes caracteres y actitudes que han vivido también en épocas distintas.

Presentar los puntos de vista de los sufíes como esencialmente diferentes a las conclusiones de los eruditos de la Shari’a supone una tergiversación imperdonable. A pesar de que hubo algunos sufíes que siguieron de forma fanática sus propios caminos y algunos eruditos religiosos (es decir, juristas, tradicionistas e intérpretes del Corán) que se limitaron a la dimensión externa de la religión, quienes siguen y representan el camino medio, el camino recto, han sido siempre mayoría. Por lo tanto, es erróneo afirmar que entre ambos grupos existan divergencias serias (que probablemente surgieron de las palabras y pensamientos impropios suscritos por algunos eruditos de la jurisprudencia y por algunos sufíes que competían entre sí).

Si se comparan con los que defienden la tolerancia y el consenso, quienes han iniciado o participado en ese tipo de conflictos son en realidad muy pocos. Esto es algo natural, porque ambos grupos han dependido siempre del Corán y de la Sunna, las dos fuentes principales del islam.

Para completar lo dicho anteriormente, las prioridades del sufismo jamás han sido diferentes de aquellas que establece la jurisprudencia. Ambas disciplinas enfatizan la importancia de la creencia, de hacer buenas acciones y tener buena conducta. La única diferencia es que los sufíes resaltan la purificación de la persona, profundizando en el significado de las buenas acciones y multiplicando su número, y en alcanzar pautas morales más elevadas para que la conciencia pueda despertar al conocimiento de Dios e iniciar así un camino que conduzca a la sinceridad que exige vivir conforme al islam, obteniendo así la complacencia de Dios. 

Gracias a estas virtudes, los hombres y las mujeres pueden obtener otra naturaleza, “otro corazón” (un intelecto espiritual dentro del corazón), un conocimiento más profundo de Dios y otra “lengua” con la que hablar de Dios. Todo esto les ayudará a cumplir los mandatos de la Shari’a basándose en una conciencia más profunda de, y con una predisposición hacia, la devoción a Dios.

El practicante del sufismo bien sea hombre o mujer, puede utilizar este sistema para desarrollar su espiritualidad. Mediante la lucha interior, la soledad o el retiro, la invocación, el autocontrol y la autocrítica, se desgarran los velos que cubren la dimensión interna de la existencia y ello hace que la persona obtenga una fuerte convicción en aquello que tiene que ver con la autenticidad de los principios mayores y menores del islam.

ARTÍCULOS RELACIONADOS

DEJA UNA RESPUESTA

Por favor ingrese su comentario!
Por favor ingrese su nombre aquí

ARTÍCULOS POPULARES

LA ÉTICA PERSONAL

LOS CUADRADOS MÁGICOS

CIENCIA Y TECNOLOGÍA (Nº 6)

¡PEDRO, SOY YO, TU PÁNCREAS!