domingo, abril 5, 2026
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Carta del editor Nº 14

Queridos lectores: 

¿Qué hilo invisible podría conectar la danza impredecible de los astros, el silencioso orden de una partícula subatómica, las defensas de nuestra alma frente a la tentación y la fuerza gravitacional de la misericordia? A primera vista, parecen mundos separados, sin relación entre sí. Y, sin embargo, los artículos que componen este número nos invitan a considerar que quizá todos ellos hablan, cada uno a su manera, de una misma verdad: que incluso en medio del caos aparente, existe un orden que sostiene la creación. 

Los sistemas que creíamos estables se tambalean, las certezas se desmoronan y, como explica Hakan Oztunc en su artículo sobre “El problema de los tres cuerpos”, pequeñas variaciones en las condiciones iniciales pueden conducir a resultados radicalmente distintos. Un milímetro aquí, y el destino de planetas enteros cambia para siempre. Algo de esa fragilidad reconocemos también en nuestras propias vidas, en nuestras comunidades, en el mundo que habitamos. 

Pero el mismo universo que nos muestra su rostro más impredecible nos revela también una precisión asombrosa. Bilal Sarimeseli, en “La historia del protón”, nos recuerda que esa partícula diminuta que habita en el corazón de cada átomo se comporta con una obediencia tan exacta a las leyes de la física que los investigadores pueden predecir sus movimientos y aprovechar sus propiedades para sanar cuerpos enfermos. Hay un orden que sostiene la creación, una armonía que subyace incluso al caos aparente. Meirbek Mussatayev profundiza en esta idea en su artículo “Explorando la armonía entre la medición y la creencia”, mostrándonos cómo la ciencia, cuando se aborda con humildad, puede convertirse en una forma de honrar al Creador y de asomarnos a su sabiduría infinita. 

Algo similar ocurre en el terreno de lo espiritual. Naim Yilmaz, en “La alergia del alma”, nos recuerda que nuestras almas, como nuestros cuerpos, desarrollan inclinaciones hacia aquello que les daña. Pequeñas concesiones, deslices que parecen insignificantes, pueden acabar desviándonos muy lejos de donde queremos estar. Pero también aquí existe un orden posible, una brújula interior hecha de conciencia, vigilancia y fuerza de voluntad. 

Quizá por eso, a lo largo de los siglos, los sabios nos han recordado la importancia de mirar más allá de nosotros mismos. Fethullah Gülen, en “Llamada a la misericordia”, nos habla de entender que el verdadero crecimiento no consiste en aislarse, sino en aprender a sostenerse mutuamente, como las piedras de una cúpula. Nos invita a descubrir que la misericordia tiene algo de gravitacional: atrae los corazones unos hacia otros, los mantiene en órbita, impide que se dispersen en la frialdad del vacío. 

Cuando un ser humano se abre a esa fuerza, cuando permite que le habite, se convierte en un centro alrededor del cual otros pueden organizarse, encontrar calor, sostén. Es entonces cuando el caos retrocede y la vida recupera su sentido. 

Como siempre, os deseamos buenas lecturas a todos. 

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